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10 December 2008

El Plan de Boloña

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Cuando Marco Polo llegó a China en 1271, se encontró con una civilización milenaria que había sido capaz de inventar los fuegos artificiales, las cometas, el papel, la porcelana, la imprenta de bloques de madera, la pólvora, el compás, la carretilla, o los canales con compuertas. Un mundo maravilloso que estaba a años luz de esa lóbrega Europa medieval… Pero que ya estaba cambiando de manera irreversible: con la llegada de los mongoles y la dinastía Yuan, esa cultura que tantos inventos había producido dejó de generar ideas y se vio superada por una Europa que, en pocos siglos, fue capaz de hacer las revoluciones científica, industrial y social que dieron lugar al mundo occidental que hoy conocemos.

Por qué la civilización china quedó tan atrasada en tan poco tiempo es uno de los rompecabezas más fascinantes de la historia. Entre las muchas teorías existentes, la más convincente es la de Geoffrey Lloyd y Nathan Sivin: los conocimientos en China estaban en manos de una clase feudal burocrática (el mandarinato) cuya misión era controlar y administrar ese gigantesco país. Los burócratas decidían a través de un complejo y durísimo sistema de exámenes, no sólo quien era apto para acceder a los conocimientos sino qué tipo de conocimientos eran aceptables. Es decir, el estado decidía qué se debía estudiar y cómo se debía estudiar. La monopolización de los conocimientos y la educación por parte del funcionariado hizo que desapareciera el pensamiento libre e independiente y el escepticismo sistemático que se requiere para que surjan las ideas y la innovación. Los científicos chinos eran circunspectos en sus opiniones y poco dados a adoptar nuevos conceptos por miedo a irritar al establishment doctrinal.

La teoría de Lloyd y Sivin se ve confirmada por otros episodios históricos. Si retrasamos el reloj unos cientos de años veremos que en el siglo IX, Bagdad estaba intelectualmente a la cabeza del mundo Mediterráneo. Fue en el seno del Islam donde se tradujeron los grandes clásicos griegos y romanos, se originaron los hospitales, se realizaron grandes progresos filosofía, astronomía o matemáticas (la palabra álgebra proviene del árabe al jabar) Sin embargo, el liderazgo de Bagdad desapareció en apenas dos siglos debido a la inflexibilidad de las autoridades fundamentalistas. Los astrónomos islámicos ya habían observado que los planetas no describían círculos sino elipses alrededor del sol (algo que Kepler redescubrió en el siglo XVII), pero nunca tuvieron la libertad para pensar que esas órbitas elípticas respondían a una leyes de la gravedad y a un heliocentrismo contrario a la versión oficial del Islam.

Retrasando todavía más el reloj, otro fundamentalismo, el cristiano, puso fin a la gloriosa era clásica grecorromana y sepultó a Europa en la más oscura de sus épocas intelectuales. Durante su época dorada, la Grecia de Tales de Mileto, Ptolomeo, Pitágoras y Aristóteles, se había convertido en una competición de sabiduría, donde la inteligencia, la agudeza, la creatividad y el pensamiento eran premiados como si de competiciones deportivas se tratara (de hecho, en la Grecia clásica no había mucha distinción entre educación deportiva e intelectual). Toda esa libertad de la que gozaron los pensadores clásicos dejó paso a la “verdad absoluta” dictada por el dios Cristiano y defendida con la espada desde el poder militar. Eso frenó el progreso científico durante mil años.

Les explico todo esto porque parece que estamos asistiendo, en directo, a una nueva pérdida de liderazgo intelectual: la de Europa: hace sólo 50 años, casi la totalidad de las mejores 20 universidades del mundo estaban en el viejo continente; en la actualidad, podríamos estar contentos si tuviéramos dos o tres. Las grandes universidades de Alemania, Francia, Inglaterra, Suiza o Italia han dejado de liderar el mundo intelectual por la misma razón que chinos, islámicos o grecorromanos perdieron su hegemonía: el control monopolístico por parte del estado.

La situación universitaria europea es grave y los líderes políticos la intentan reformar. El problema es que, ironías de la vida, acaban de diseñar un plan que va exactamente en la dirección equivocada. El plan de Boloña no fomenta la competencia entre las universidades por la obtención de fondos, estudiantes y profesores. Al contrario, introduce una mayor “coordinación” orquestada desde el estado. Los avances científicos solo son posibles si existe competencia entre las universidades por avanzar y superar a las demás.

El plan de Boloña no promueve la autonomía financiera de las universidades sino que las condena al yugo del erario público. El progreso de las ideas es muy difícil sin un escepticismo generalizado por parte de los pensadores, un escepticismo imposible si éstos son funcionarios con miedo a perder la financiación o el puesto de trabajo cuando se enfrentan al poder.

El plan de Boloña trata a la universidad como una gran escuela de formación profesional, sin darse cuenta que el mercado laboral cambia a una velocidad vertiginosa: las diez ocupaciones más solicitadas en la actualidad… ¡no existían en el año 2004! Cuando el mundo que te rodea cambia rápidamente, tienes que preparar a tus estudiantes para trabajar en empleos que todavía no se han creado, para utilizar tecnologías que todavía están por inventar y para solucionar problemas que todavía no se han concebido. Y todo eso no puede ser diseñado por funcionarios encorsetados que se mueven a la velocidad del caracol.

Aunque el plan universitario europeo no es la causa de la pérdida del liderazgo intelectual europeo, sí que es una aberración porque representa una oportunidad perdida para enmendar la situación y porque su filosofía está diametralmente equivocada. Parece que, como Marco Polo, nuestros líderes todavía no se dan cuenta que el mundo bajo sus pies está cambiando de manera irreversible y que sus errores pueden ser la sentencia de muerte al dominio intelectual que el viejo continente ha tenido desde el renacimiento. Con todos ustedes… el Plan de Boloña.

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